Contáctanos

Oaxaca Capital – Noticias de Oaxaca

Oaxaca Capital – Noticias de Oaxaca

Si perdemos esta lucha, perdemos todo

Portada

Si perdemos esta lucha, perdemos todo

Lo que ocurre en la Sierra no es un problema aislado. Es parte de una crisis ambiental mundial.

Por Bi warhall

Cuando pienso en la Sierra Juárez, lo primero que llega a mi memoria no son los discursos sobre el medio ambiente. Llega la imagen de mi abuela caminando por los senderos de la milpa. Era mediados de la década de los ochenta. Yo era apenas un niño y ella nos llevaba a cumplir una tarea que en aquel entonces parecía sencilla: ir a tirar la ceniza y los restos orgánicos a los terrenos de cultivo.

Cargábamos costales pequeños o latas viejas donde iban las cáscaras de frutas, las cáscaras de huevo y la ceniza del fogón. Aquello que hoy llamaríamos “residuos” era, en realidad, parte del ciclo natural de la vida del pueblo. Nada se desperdiciaba. Todo volvía a la tierra.

La abuela lo explicaba con palabras simples: la tierra también come.

Aquella mezcla de ceniza y restos orgánicos se tiraba entre la caña, entre los cafetales, en las parcelas donde más tarde brotarían nuevas plantas. Días después, cuando volvíamos a pasar por esos lugares, la ceniza ya no estaba. La tierra la había absorbido. Se había mezclado con el suelo como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Pero a principios de los años noventa algo empezó a cambiar.

Entre aquella basura orgánica comenzaron a aparecer objetos extraños: envolturas de golosinas, bolsas de plástico, pequeños empaques brillantes que no se deshacían con el tiempo.

A diferencia de la ceniza o de las cáscaras, esos objetos permanecían ahí, intactos, como una señal de que algo nuevo había llegado al pueblo.

La abuela se detenía, miraba el suelo y nos decía que recogiéramos esos plásticos.

—Esto no es de la tierra —decía.

Entonces nos ponía a juntarlos uno por uno para llevarlos de regreso al pueblo y quemarlos. Para ella era evidente que aquello no debía quedarse en el campo.

Han pasado varias décadas desde entonces y hoy la escena es distinta.

Los plásticos ya no aparecen de manera aislada en los terrenos de cultivo. Hoy están en las orillas de los caminos, en las carreteras que conducen a la Sierra, en los bosques que antes parecían intocados.

Pañales desechables, botellas, bolsas, envolturas de comida rápida. Lo que antes era un territorio limpio hoy comienza a mostrar las huellas de una contaminación que crece silenciosamente. Es doloroso reconocerlo: estamos contaminando la tierra que nos da de comer.

Durante siglos, los pueblos de la Sierra Juárez vivieron dentro de un equilibrio natural. Todo lo que se producía en la comunidad regresaba a la naturaleza y era absorbido por ella. Pero cuando comenzaron a llegar materiales ajenos al territorio —plásticos, empaques industriales, productos desechables— ese equilibrio empezó a romperse.

Los pueblos han buscado maneras de enfrentar el problema.

Algunas comunidades tienen barrancas donde se arroja la basura. Otras han construido fosas donde las autoridades comunitarias queman los desechos. Pero, en realidad, el tratamiento adecuado de la basura sigue siendo una tarea pendiente.

Lo que ocurre en la Sierra no es un problema aislado. Es parte de una crisis ambiental mundial.

En los últimos años, organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas han advertido que el planeta se acerca a una bancarrota hídrica global. El agua dulce se está agotando y cada vez llueve menos en muchas regiones del mundo.

En la propia Sierra Juárez los cambios ya se sienten. En los últimos años, instituciones como la Comisión Nacional del Agua y el Servicio Meteorológico Nacional han registrado un incremento significativo en la temperatura. En apenas cuatro años, la región ha experimentado aumentos cercanos a los cuatro grados centígrados.

Puede parecer un número pequeño. Pero en la vida de los bosques, de los cultivos y de los animales, esa diferencia es enorme.

Las consecuencias ya son visibles. Cascadas que antes corrían con fuerza hoy están secas. Ojos de agua que brotaban en las veredas han disminuido o desaparecido.

Los incendios forestales son cada vez más frecuentes. También han cambiado los pequeños detalles que antes parecían eternos. Quienes crecimos en los años ochenta recordamos las luciérnagas iluminando los caminos por la noche.

Recordamos las mariposas de muchos colores cruzando los senderos. Recordamos una diversidad de aves que acompañaba cada amanecer en la montaña. Hoy muchas de esas especies ya no se ven.

Diversos estudios estiman que en los últimos cincuenta años el planeta ha perdido cerca del setenta por ciento de su vida silvestre. Es una cifra que debería sacudirnos.

Porque cuando desaparecen los animales, cuando se secan los ríos, cuando la tierra pierde su fertilidad, no solo desaparece la naturaleza. También desaparece una forma de vida.

Y, sin embargo, todavía estamos a tiempo de hacer algo. Una parte de la solución depende de las decisiones políticas: exigir planes serios para el manejo del agua, el tratamiento de la basura y la protección de la biodiversidad. Pero otra parte —quizá la más importante— depende de nosotros mismos.

Significa volver a mirar las enseñanzas de los abuelos. Recuperar prácticas que durante generaciones mantuvieron el equilibrio entre la comunidad y la naturaleza. Volver a entender que la tierra no es un recurso que se explota, sino una madre que se respeta.

Pensadores contemporáneos como Noam Chomsky han señalado una paradoja: mientras muchas de las sociedades consideradas “avanzadas” han conducido al planeta hacia una crisis ambiental profunda, los pueblos originarios del mundo han conservado gran parte de las reservas naturales del planeta.

No es casualidad. Nuestra manera de entender la vida siempre fue distinta. En nuestros pueblos la existencia no se concibe de forma vertical, donde el ser humano domina todo lo que existe. Se concibe de forma circular: plantas, animales, ríos, montañas y personas formamos parte de un mismo tejido.

Somos hijos de la tierra.

Por eso este llamado no es solo para quienes viven en la Sierra Juárez. Es también para quienes la visitan, para quienes transitan sus caminos, para quienes admiran sus paisajes.

Cuidar la Sierra no es solo proteger un territorio hermoso. Es defender una forma de vida que todavía guarda una relación profunda con la naturaleza.

Porque si perdemos esta lucha, perdemos todo.

Perdemos los bosques, el agua, los animales y los cultivos.

Pero también perdemos la memoria de nuestros pueblos.

Y cuando un pueblo pierde su memoria, pierde su futuro.

Más de Portada

Ir Arriba