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Las calles de los pueblos de la Sierra huelen a marihuana
Las calles de los pueblos de la Sierra huelen a marihuana
Por Bi warhall
Cuando uno piensa en viajar a la Sierra Juárez de Oaxaca, inmediatamente llegan al cuerpo los aromas de la montaña. Antes de llegar, la memoria ya anticipa esos olores tan particulares: el de la tierra húmeda, el del café hirviendo en las cocinas al amanecer, el de la leña encendida que acompaña el primer caldo del día. También llegan a los oídos los sonidos: el trinar de las aves, el murmullo del viento entre los pinos, el eco lejano de una banda ensayando en la cancha. Ir a la Sierra Juárez es, para muchos, un privilegio.
Los pueblos de la Sierra Juárez han construido su vida colectiva a partir de una forma de organización profundamente comunitaria. La asamblea es el corazón de esa vida pública. A través de la asamblea se definieron los tequios con los que se abrieron los primeros caminos con pico y pala; a través de la asamblea se decidió convocar a tequio para cargar los postes de la Comisión Federal de Electricidad para llevar la luz a las casas de cada una de las comunidades; a través de la asamblea se organizaron comités para la educación, la salud, el agua o las fiestas. En los pueblos de la Sierra Juárez, muchos de los servicios públicos que hoy existen no nacieron de una política pública distante, sino del acuerdo comunitario y del trabajo colectivo.
Otra gran particularidad de estos pueblos es la música. En prácticamente todas las comunidades hay una banda de música. No es exageración decir que la banda es una escuela de vida. Ahí se forman niñas, niños y jóvenes que aprenden disciplina, convivencia y amor por su cultura. La música es comunidad.
Algo parecido ocurre con el deporte. En muchos pueblos de la Sierra Juárez el básquetbol es parte de la identidad local. Cada año, en marzo, se celebra la Copa Benito Juárez, donde equipos de distintas comunidades se encuentran para competir y convivir de una manera sana.
Sin embargo, los pueblos de la Sierra Juárez hoy enfrentan nuevos retos.
Hace algunos meses asistí a dos fiestas comunitarias. En la primera, al llegar por la tarde, me llamó la atención un olor fuerte en la entrada del pueblo. Era marihuana. Pensé que quizá se trataba de algo aislado: alguien que venía de la ciudad y había decidido fumar en las afueras de la comunidad. No le di mayor importancia.
Pero en otra fiesta, semanas después, llegué por la mañana. Eran cerca de las nueve. Iba con la intención de saludar a los amigos, visitar a los compadres, como se acostumbra en los pueblos. Y nuevamente apareció ese olor. Lo sorprendente no fue sólo su intensidad, sino su normalización. El olor a marihuana impregnaba el ambiente muy cerca de la iglesia. No era el aroma del caldo de res que suele prepararse para las visitas, ni el incienso que se ofrenda al santo venerado. Era el olor de las drogas.
Mi curiosidad me llevó a mirar con más atención. Quienes estaban reunidos eran jóvenes. Muy jóvenes. Algunos apenas adolescentes. Incluso había niños de nueve o diez años alrededor, quizá hermanos menores, que observaban la escena como si fuera algo cotidiano.
Ahí comprendí que no se trataba de un hecho aislado.
Los pueblos de la Sierra han alcanzado su desarrollo gracias a la organización comunitaria. Gracias a la asamblea se han resuelto problemas comunes y se han construido soluciones colectivas. Pero hoy aparece un desafío distinto: el consumo y la presencia de drogas en las comunidades.
En días recientes, diversas notas periodísticas han informado sobre operativos militares y detenciones relacionadas con la venta de drogas en algunos pueblos de la Sierra. Esto muestra que la problemática ha escalado y que ya no puede ser ignorada.
Tal vez aún estamos a tiempo. Tal vez la misma asamblea que abrió caminos y llevó la luz a los pueblos pueda ahora abrir una conversación urgente sobre este tema.
Porque si algo han demostrado los pueblos de la Sierra es que cuando los problemas se enfrentan en comunidad, las soluciones también nacen del pueblo.
— Bi warhall
